viernes, 30 de noviembre de 2012

Adicta a cruzar en rojo.

Los imposibles están ahí para lograrlos y las reglas fueron escritas para que los valientes las rompiesen.
La vida es corta, es como una partida a una sola mano en la que tienes que decidir rápido, pensar lo justo y actuar cuando toca.
Yo, todavía, no se si por suerte o por desgracia soy de las  tarda mucho en darse cuenta.
Soy de las que coge el tren en el último minuto cuando justo se cierran las puertas, pero lo coge. 
Las que cruzan el semáforo en rojo porque cuando estaba en verde se han parado a pasar demasiado y ha cambiado de color.
A las que esperan a ver las estrellas en el último momento y acaban viendo un amanecer.
Pero cuando se trata de cosas importantes, de cosas que realmente quiero, no soy de las que dejan escapar las oportunidades. 
Soy como un tsunami que arrasa con todo lo que haga falta, soy capaz de volver todos los imposibles a mi favor, de reescribir las reglas hasta que sean como yo quiero. 
Soy capaz de irme a cientos de kilómetros cada día para estar un paso más cerca de lograrlo, de levantarme a las seis menos cuarto para coger un tren que me lleve allí, a eso que ahora es mi vida, mi sueño y mi pesadilla. Sacrificando mucho por el camino, pero concentrándome en todo lo bueno que ha llegado.
Entrando de las últimas pero por la puerta grande y dejando huella. 
Porque yo, sin darme cuenta, he dejado de ser como era. La niña tonta que espera a que todo le llegue, la que aprende a conformarse con lo que hay ha quedado atrás. 
Ahora está la adicta a jugárselo todo a un sólo as, porque va a salir bien, de elegir entre lo que realmente importa y lo que no, y sobre todo saber elegir con quien compartir la adrenalina. Porque yo, queridos, soy adicta a cruzar en rojo.


jueves, 29 de noviembre de 2012

Véndame los ojos y llévame hasta el infinito

Que la vida no es una película no es nuevo, que no es esa historia de amor de hora y media con final feliz y que te tiene todo el tiempo con una sonrisa pintada en la cara, pero no por eso voy a dejar de ilusionarme.
De ser la idiota que crea que las historias de las películas existen, que todas tenemos derecho a que nos pinten en un puente ''Tu y yo a 3 metros sobre el cielo'', que a que cuando  pregunte ¿me amas, real o no? siempre me contesten real, a que me digan que será lo que quiero que sea, por mi. 
De ser la que se despierte todas las mañanas con un ''Buenos días princesa, he soñado toda lo noche contigo'', que se recorran miles de kilómetros para bailar conmigo bajo un árbol, que se tumben conmigo a ver cambiar el semáforo de color y que quieran vivir conmigo eternamente.
Que me digan que siempre tendremos París, y que todo sea como una película en blanco y negro, de esas en las que se amaba de forma diferente, se amaba de verdad. Un amor que me pidiese que le besara como si fuera la última vez.
Que me juren que no se van a enamorar pero que lo acaben haciendo, y que sin saber cómo acaben diciendo que han perdido la cabeza por mi.
Bueno vale, no soy tan idiota como para esperar que mi príncipe azul venga a pedirme que salga al balcón para declararme su amor a los cuatro vientos, porque aparte de no tener balcón y vivir en un segundo con vistas a un patio común al que jamás conseguiría entrar, nadie está tan loco ni tan enamorado como para hacer semejante locura en una ciudad con millones de habitantes. Porque las historias de princesas en las que al minuto ya saben que es el amor de su vida y se casan no existen.
Porque nadie me garantiza tener un final feliz, pero lo que si está claro es que tengo una gran historia.
Que no es una película de amor, pero que tiene momentos inolvidables y que sin viajes, graffitis, motos, cruzarse medio mundo para verme, ni grandes frases de esas que todas nos sabemos de memoria de tanto escucharlas en nuestra película favorita, ni ese beso en ese lugar que todas esperamos recibir, es perfecta a su manera.
Que al final, aun siendo una idiota soñadora y vividora de ilusiones que nunca llegarán, soy de las que son felices con que me digan un te quiero con esa cara y esa sonrisa que solo me pone a mi.
Que lo más bonito de todo, es que los sueños de una historia de película no me los quita nadie. Porque los sueños, sueños son. 
Me conformo con que me tape los ojos, me pregunte ''¿te fías de mi?'' y me guíe hasta el infinito.
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domingo, 11 de noviembre de 2012

Aunque tú no lo sepas

Aunque tú no lo sepas, me he inventado tu nombre.
Me drogué con promesas y he dormido en los coches.
Aunque tú no lo entiendas, nunca escribo el remite en el sobre por no dejar mis huellas.
Aunque tú no lo sepas me he acostado a tu espalda, y mi cama se queja, fría cuando te marchas.
He blindado mi puerta y al llegar la mañana no me di ni cuenta de que ya nunca estabas.
Aunque tú no lo sepas, nos decíamos tanto con las manos tan llenas, cada día más flacos.
Inventamos mareas, tripulábamos barcos y encendía con besos el mar de tus labios.

sábado, 3 de noviembre de 2012

te quiero, improbable.

La Real Academia define la palabra imposible como algo que no tiene facultad ni medios para llegar a ser o suceder. Y define improbable como algo inverosímil, que no se funda en una razón prudente.
Puestos a escoger a mi me gusta más la improbabilidad que la imposibilidad, como a todo el mundo, supongo.
La improbabilidad duele menos, y deja un resquicio a la esperanza, a la épica.
Que David ganara a Goliat era improbable, pero sucedió. Un afroamericano habitando la Casa Blanca era improbable, pero también sucedió. Nadal desbancando del número uno a Federer. Una periodista convertida en princesa. El doce uno contra Malta.
El amor, las relaciones, los sentimientos, no se fundan en una razón prudente. Por eso no me gusta hablar de amores imposibles, sino de amores improbables. Porque lo improbable, es, por definición probable.
Lo que es casi seguro que no pase es que puede pasar. Y mientras halla una posibilidad, media posibilidad entre mil millones de que pase, vale la pena intentarlo.
Ahora se, que nada es imposible y que todo lo improbable deja de serlo si se quiere.
Gracias por estar ahí.