La vida es corta, es como una partida a una sola mano en la que tienes que decidir rápido, pensar lo justo y actuar cuando toca.
Yo, todavía, no se si por suerte o por desgracia soy de las tarda mucho en darse cuenta.
Soy de las que coge el tren en el último minuto cuando justo se cierran las puertas, pero lo coge.
Las que cruzan el semáforo en rojo porque cuando estaba en verde se han parado a pasar demasiado y ha cambiado de color.
A las que esperan a ver las estrellas en el último momento y acaban viendo un amanecer.
Pero cuando se trata de cosas importantes, de cosas que realmente quiero, no soy de las que dejan escapar las oportunidades.
Soy como un tsunami que arrasa con todo lo que haga falta, soy capaz de volver todos los imposibles a mi favor, de reescribir las reglas hasta que sean como yo quiero.
Soy capaz de irme a cientos de kilómetros cada día para estar un paso más cerca de lograrlo, de levantarme a las seis menos cuarto para coger un tren que me lleve allí, a eso que ahora es mi vida, mi sueño y mi pesadilla. Sacrificando mucho por el camino, pero concentrándome en todo lo bueno que ha llegado.
Entrando de las últimas pero por la puerta grande y dejando huella.
Porque yo, sin darme cuenta, he dejado de ser como era. La niña tonta que espera a que todo le llegue, la que aprende a conformarse con lo que hay ha quedado atrás.
Ahora está la adicta a jugárselo todo a un sólo as, porque va a salir bien, de elegir entre lo que realmente importa y lo que no, y sobre todo saber elegir con quien compartir la adrenalina. Porque yo, queridos, soy adicta a cruzar en rojo.


















